“Twin Peaks: Fire Walk with Me” de David Lynch

El filme comienza presentando los créditos en tipografía blanca con ruido electrónico de fondo. Cuando los tipos finalizan el cuadro se abre y revela que el ruido es el de una televisión análoga encendida sin transmisión hasta que un hacha la hace pedazos. Es una advertencia – si no una declaración de intenciones del director- para aquellos quienes esperen encontrar en Fire Walk with Me una resolución a los misterios expuestos en las dos primeras temporadas de la serie televisiva Twin Peaks. A diferencia de la serie – de la cual realmente no tenemos que referir mucho – el grueso del filme trata sobre los últimos días encarnados de Laura Palmer, la idílica reina de la graduación adolescente del homónimo también condado rural norteamericano. El filme abre con una trama tangencial que no volverá a ser tratada pero establece un tono ambiguo entre la farsa y lo paranormal que contrasta de manera tremenda con una de las representaciones cinematográficas mas agudas del quiebre de una mujer – una adolescente de hecho – que ha sido sistemáticamente abusada.

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“Twin Peaks” (Piloto, 1990) de David Lynch & Mark Frost

Es un asunto biológico: si un rostro humano nos llama la atención esté nos provoca, dependiendo de nuestra experiencia de vida, una reacción o – según alguna filosofía vitalista – una afección. A un rostro interesante, que no meramente hermoso o agradable, sin saberlo le creamos una serie de expectativas, posibles ideas o historias sobre lo que pudiera ser la persona trás de el. Ahora, si ese rostro es silente por alguna condición terminal, tal cual el rostro de Laura Palmer cuando su cadáver es descubierto al pie de un río en el condado rural y montañoso de Twin Peaks, en el estado norteamericano de Washington (el estado norteño que colinda con Canada),  ya las potencias son infinitas y la imaginación se dispara sobre quién pudo haber sido y por qué termino de manera tan trágica. La serie televisiva creada por David Lynch y Mark Frost abre su episodio pilóto con ese gancho que no es otra cosa que una excusa para comenzar a explorar al personaje ausente por las reacciones de quienes le conocían y de los que indagarán sobre su trágica muerte.

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“Seven” de David Fincher

Seven (1995). Quienes descubrimos la obra de David Fincher en una sala cinematográfica con su versión sci-fi de Juana de Arco ya al entrar a Seven sabíamos que cómo mínimo el filme sería genuinamente interesante a la vista. En su fecha de estreno circa 1995, aún en mera formación cinéfila, la experiencia sólo nos daba para notar que el director lograba filmar un bar o un restaurante lleno de comensales pero sin poner una sola maldita luz en ninguno de los extras, siempre denotando la gravedad de las conversaciones todo sórdidas entre los protagónicos. Hoy, ya un poco más sabidos, observamos que Fincher tomo la mayoría de las claves estéticas y discursivas de The Silence of the Lambs y las hizo suyas a propósito de guión todo misántropo y mala leche que es una extrañeza en el cine de Hollywood. El tiempo delata una premisa que en su exceso conceptual si bien no le quita a Seven su estado de canónica si le raya lo suficiente para no considerarla una obra maestra.

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Breviario junio 2017

Lo visto el pasado mes: Wonder Woman (2017), Get Out (2017), Table 19 (2017), A Cure for Wellness (2016).

Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017). Similar a Logan, aunque en un tono muy distinto, en Wonder Woman se nos presenta una secuencia que cada vez es más rara en el ya tan  trillado género de los superhéroes: un grupo de personas inocentes se encuentran en una situación francamente jodida a gracia de unos tipos descaradamente villanos, las personas decentes quieren pero se ven impedidas de hacer algo y llega al quite el superhéroe con sus habilidades únicas y especiales y hace lo que nadie más se atreve a hacer. Zonzo, inocentón y romántico, pero la metáfora básica del superhéroe es esa: hacer el bien sin mirar a quién con las habilidades cualquiera que esté tenga. Sobresale que además en Wonder Woman esta secuencia se presenta derecha, es decir, sin demasiada carga política o subtexto de género que por últimas tanto insiste que las chicas geeks del primer mundo necesitan superheroínas que las represente y les “inspire”.

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“Walker” de Alex Cox

Walker (Alex Cox, 1986). Por allá de 185yalgo una sanguinaria batalla militar se desarrolla en la frontera mexico-gringa. A los pocos instantes aparece en cuadro el Coronel William Walker, interpretado por el siempre solemne Ed Harris, para anunciar con una retórica impecable y una sincera convicción de héroe que la batalla esta pérdida y que salvedad de que ocurra un milagro él y sus hombres deberán preparase para morir con algo parecido al honor. Sucede el milagro y se libran de morir, pero de interés es que el primer acto del filme expone la substancia idiosincrásica del personaje titular quién en su apariencia de nobleza hasta hace creer a uno que el destino manifiesto todo anglosajón es una maravilla humanística. Aparentemente arrastrado por las circunstancias, en particular la muerte de su mujer sordomuda (Marlee Matlin), Walker acepta de mediana gana el encargo del super empresario Cornelious Vanderpilt (Peter Boyle) de ir a Nicaragua con la convicción de “liberar” al país de alguna situación no muy clara. Lo que el filme desarrolla posteriormente es una de las críticas más virulentas y poco convencionales al modelo imperialista-racista gringo qué siempre se justifica cómo salvaguarda liberal.

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Breviario mayo 2017

Colossal (2017), The Girl with all the Gifts (2016),  Batman & Bill (2017), Guardians of the Galaxy vo. 2 (2017),  Mindhorn (2016)

Colossal (Nacho Vigalondo, 2017) Filme de concepto fantástico en tono de farsa que acusa cómo la estupidez y ego que cada uno carga en su vida cotidiana puede tener consecuencias para con los demás. Gloria (Anne Hathaway) es una alcohólica irresponsable no muy buena en nada que es hechada del lecho que comparte en Nueva York con su hastiado novio, Tim (Dave Stevens). Sin trabajo ni galán qué la mantega, Gloria regresa a su hogar materno en un suburbio de Nueva Jersey; de interés es que el hogar esta abandonado, sin muebles, y el guión desaparece a los padres con alguna excusa; así la casa amplifica la soledad y vacio de la protagónica. Al poco tiempo se reencuentra con un viejo amigo de la infancia, Oscar (Jason Sudeikis), heredero del bar local y qué muy amablemente le ofrece trabajo y ayuda. Trás una borrachera en su primer noche de “trabajo”, la protagonista descubre un tremendo fenómeno: en determinado punto geográfico de la ciudad y a determinada hora del día, sí ella camina por ahí simultaneamente en Seúl, Corea, se materializa un gigantesco mounstro que genera caos, muerte y destrucción. Vigalondo más que menos mantiene el tono medio de farsa con el qué el mounstro ebrio en las calles coreanas resulta divertido aunque no evita que la protagónica entienda y trate de afrontar las consecuencias; es decir, de aprender a hacerse responsable de sí misma ya que sus borracheras ocasionan la muerte de miles de coreanos. Después hay una vuelta de tuerca en la que el tema de la responsabilidad pasa a la patología de la infancia y de ahí a un asunto de honesta y sincera misoginia que puede ser díficil de tragar y que sin embargo, en su resolución, cuaja perfectamente la premisa planteada. El filme es agradable y de buen ver, aunque deja la sensación de que le falta algo que bien pudiera haberlo convertido en un clásico.

The Girl with All the Gifts (Colm McCarthy, 2016)  Filme de muertos vivientes que de la mejor manera se antoja la secuela natural de las excelentes 28 Days Later y 28 Weeks Later. El filme comienza con una secuencia magistral: una niña de 11 o 12 años encerrada en un calabozo por su propia cuenta se sienta en una silla de ruedas; acto seguido un par de guardias armados se acercan con excesiva precaución a la amable escuincla para amarrarle pies, manos y cabeza a la silla. Después la niña es llevada a la clase de la amable maestra Helen (Gela Atterton) donde acompaña a otros tantos niños en condiciones idénticas. En sus primeros cinco minutos la película ya presentó un subtexto algo orweilliano sobre la educación y ni siquiera entramos en el grueso de la trama. La niña se llama Devani (Dominique Tipper) y vive en una Inglaterra azotada por el apocalipsís zombie casí al punto de la extinción de la especie humana. Por algún motivo que se desentraña después, la niña posee características híbridas de humano y zombie de cuya genética la doctora Caldwell (Glenn Close) espera encontrar una vacuna contra el hongo parásito trás la pandemia. La trama se desenvuelve y la base militar de Devani es invadida por los zombies a lo que ella, la referida doctora Caldwell, Helen el sargento Parks (Paddy Cosidine) y otro par de soldados escapan hasta llegar a la plagada ciudad de Londres.

La trama presenta un par de giros creativos muy interesantes y poco vistos en el ya cansado género creado por Romero,  cómo el motivo trás la pandemia y las peculiaridades que distingen a estos muertos vivientes a los de cualquier otro filme y que dan juego para generar un par de secuencias tensas. El tema gira en torno a cómo lo mejor y lo peor del género humano, representado el primero en la empática profesora Helen quién cree en la educación y el segundo en el pragmatismo frío de la docotora Caldwell, científica quién por humanidad entiende una especie superior en números, es juzgado por una nueva especie de creatura inteligente. Rebaba: no entiendo cómo es que un filme tan bien producido y de buena factura paso de largo por los circuitos comerciales y no tuvo mayor promoción de boca a boca.

Batman & Bill ( Don Argott & Shenna M. Joyce, 2017)  Cualquiera que haya sido fan-consumidor de los comics de superheroes y después haya indagado en la historia de su producción con un poco de inteligencia se encontró con una tremenda paradoja: esos comics con personajes coloridos que presumen de claros valores morales trás de sí tienen historias muy tristes y jodidas en las que usualmente a los creadores les vieron la cara de babosos. En los comics norteramericanos entre los creadores la frase “you got fingered” (fuiste dedeado) era muy común: es una referencia doble, primero a que algún editor le había hecho fraude a algún incauto creador y segundo que refiere al co-creador del mismísimo hombre-múrcielago, Batman: su nombre era Bill Finger y su historia no es muy disimilar a la The Social Network salvedad de que el asunto término demasiado, quizá en exceso, triste.  Este documental se vale del narrador gráfico Mark Taylor Nobleman quién gusta hacer comics biográficos y qué cuando comenzo a escudriñar la historia de Bill Finger sintió tal empatía por el sujeto que se dió a la inequívoca tarea de corregir la historia “oficial” del medio gringo del comic. La creación de Batman se atribuyó durante décadas al dibujante Bob Kane, quién vendía las historias a la editorial que hoy es DC Comics y que estaban firmadas por él. Lo que los primeros editores que le pagaban al “brillante” adolescente no sabían, o no querían saber, es que trás su firma se escondía un estudio de colaboradores fantasmas quienes sacaban el trabajo; los dos primeros y más destacados el “entintador” Jerry Robinson y el guionista Bill Finger.

Secreto no tan secreto entre los editores es que si bien Bob Kane fue quién tuvo la ocurrencia de empalmar las palabras bat y man, Bill Finger fue quién tuvo las ideas para darle carácter e identidad al personaje, algunos villanos y la estructura básica de los relatos; vaya, lo que hace un escritor cualquiera. Kane de manera algo cretina – y es que en sus propios manerismos y palabras se delataba cómo tal – se conservo el crédito en solitario en el contrato con la editorial y para cuando Adam West vestía las mallitas al tono del batiteléfono Kane ya era casí un millonario mientras Finger al poco tiempo moría sólo, pobre, desconocido y enpotrado en la cáma de un cuarto de segunda que pasaba cómo su departamento.  Nobleman se dió la misión de que cualquier producto del hombre-murciélago acreditará a Finger cómo co-creador. Quién haya visto Batman V Superman sabrá que lo único rescatable del filme es notar que efectivamente Nobleman logró su cometido (es la primera vez que se reconoce a Finger cómo cocreador en más de setenta años de historia del personaje) pero el documental interesa en el cómo lo lógro y, honestamente, resulta inspirador y hasta enternecedor. La de Finger es una historia jodida, pero ni de lejos es la única (la lista es larga): la prueba de que los superheroes son otro producto de consumo tipo Coca-Cola es que cumplen con el cabal requisito capitalista de que quién capitaliza el producto usualmente no es el creador o inventor. Amerita darle un ojo al libro de Nobleman y el documental viene bien para ilustrar a los fans que esos personajes que tanto añoran no son creaciones de una fábrica de chocolates todo homogénea llamada Marvel o DC.  Al caso:

Guardians of the Galaxy Vol. 2 (James Gunn, 2017) Segunda parte qué es fiel en forma y contenido al filme original y que, por ser Marvel, la etiquetan cómo película de superheroes cuando su mayor virtud es que presisamente no lo és. Guardians of the Galaxy es otro cuento de hadas a lo Star Wars en el qué si el tema y la trama resultan tópicas y simplonas los personajes y el tono con el que se desenvuelven es claro, consistente y al grano: es ciencia ficción ligera con personajes harto idiosincráticos y endemoniadamente divertidos. En esta ocasión la trama gira sobre cómo Starlord (Chris Patt) encuentra a sú padre biológico-cósmico, Ego (Kurt Russell) y la yuxtaposición del concepto de familia en relación a sus otros compinches: la que quiere pero no quiere ser novia, Gamora (Zoe Zaldana),  el solitario Drax (Dave Bautista), el mapache biónico Rocket (Bradley Cooper), el vegetal antropoide Groot (Vin Diesel) en versión bebé a consecuencia de los eventos del primer filme y, especialmente, el contrabandista que lo adoptára de niño, Yondu (Michael Rooker, roba escenas). En medio de todo eso la galaxia corre peligro inminente de no recuerdo qué, pero al final se resuelve de buena manera.

Lo divertido del filme es que Gunn aprovecha que su cuento de hadas no requiere mucho subtexto pseudo político (cómo las últimas películas de The Avengers) y sabe que sí su película desafía las leyes del universo no requiere del empecinado realismo por lo cual se puede divertir con buen ingenio. Los dimes y diretes entre los personajes los denotan carismáticos, las acciones motivadas rondan esa floja línea en la que matar con una flecha psíquica a docenas de fulanos no es algo brutalmente serio aunque tampoco cínico y, si el director tiene millones de doláres para efectos especiales de primera línea por supuesto que los invierte en una genial secuencia en la cual un tipo de piel azul se alburea con un mapache hocicón al tiempo que sus rostros se deforman cómo caricaturas de los Looney Tunes mientras saltan en el espacio-tiempo. Además la intertextualidad – las meta referencias – sube en ingeniosidad y logra un par de cameos bastante inesperados que recuerdan al gag chapucero cuando Marshall Mcluhan aparecía en Annie Hall. El defecto es qué, salvedad de la primera batalla, hacía el final los puñetazos y lasers y las poses de superheroes y las luces y demás por momentos resultan tediosas. Enlazando con los meta-textos de los 80:

Mindhorn (Sean Foley, 2016). Richard Thorncrof (Julian Barrat) es un actor maduro que se rehusa a aceptar que su paso por Hollywood fué la peor decisión de su vida, pués en los años 80 había protagonizado con gran éxito la serie televisiva Mindhorn, producida en Inglaterra, más específicamente en la isla cuasi rural de Man donde se rodaba y la abandonó- tanto la serie cómo la isla- con la idea de convetirse en el siguiente Burt Reynolds. Con el abandono de la isla también sucedió el abandono del amor de su vida, Patricia Deville (Eisse Davies), y cuando una estrafalaría situación policíaca obliga a Thorncrof a regresar a la isla y al papel de Mindhorn tendrá que lidiar con todas sus cagadas del pasado. La serie trataba sobre Mindhorn, un detective quién tras circunstancias ridículas obtenía un ojo biónico que funcionaba a modo de detector de mentiras y sobra decir que la serie portentaba todos los cliches de las series tipo The Six Million Man (aquí El Hombre Biónico) o  Knight Rider (aquí El Auto Increible). Thorncrof es interpretado a la usanza de los personajes de cualquier película de los Monty Phyton, en la que todo el mundo sabe que el personaje es blatantemente idiota e inmaduro menos el personaje mismo, al tiempo que el director se vale de algunas argucias de edición para realizar gags que casi rozan el genio de un Edgar Wright. La película, producida para Netflix, tiene estética de serie de televisión y el guión por momentos es desigual, pero cuando logra dar en el clavo sí que logra sacar alguna risa.

“Alien: Covenant” de Ridley Scott

Ridley Scott es incapaz de realizar una película que no luzca espectacular y siempre logra con la cinematografía, el diseño de producción, vestuario y efectos especiales crear quizá los universos fantásticos más creíbles en pantalla grande, universos que uno desea explorar. Alien Covenant no es la excepción pues luce fantástica y portenta una serie de conceptos, ideas y temas que en el texto suenan interesantes y que sin embargo no cuajan; entre el trabajo de guión o el de edición la trama se corta una y otra vez frente a las situaciones a las que antepone a sus personajes. Cualquier película de ciencia ficción sobre astronautas que exploran nuevos planetas y pisan un ecosistema desconocido sin utilizar un casco ya es un atajo de un guión intencionado por repasar los tópicos conocidos lo más pronto posible; aunque el ecosistema tenga oxígeno el astronauta sin casco se encontraría a la suerte de moléculas tóxicas o bacterias extrañas que podrían ocasionar severos trastornos a su sistema biológico, qué es exactamente lo que sucede a los tripulantes de la nave Covenant quienes trás años de viaje y miles de miles de kilómetros de viaje espacial deciden pisar un planeta muy similar a la Tierra -sin utilizar un puto casco- al cual llegaron siguiendo una extraña señal inteligente.

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“Alien 3” de David Fincher

En la era pre-internet la espera por la tercera entrega de la saga de Alien™ genero tanta expectativa que igual fue imposible no enterarse por revistas de cine cualquiera sobre los tantos problemas de producción que le precedieron. Así como la Compañía Weyland-Yutani buscaba exprimir el recurso del xenomorfo a toda costa, la Fox (compañía productora) se puso el saco de “proteger la inversión” tan común del moneymaking cínico que precisamente comenzaba a principios de los 90, y por tal motivo, Alien 3 fue una película de directores y guionistas peregrinos cuya consecuencia derivo en un guión que se improvisaba según se iba filmando la película. Qué si Sigourney Weaver regresaría al papel de Ripley o no, que no se encontraba un director que aguantara a los ejecutivos de la Fox y demás chismes ya generaban una primera predisposición de los fans-consumidores de la franquicia. Una amplia campaña mercadológica que comenzó con un trailer que sugería que Alien 3 llevaría a los bichititos encantadores a poblar el planeta Tierra se volvió promesa de cumplir las expectativas: si Alien paso a cientos de Aliens, pues ahora serían millones de aliens. De lo anterior lo único que los fans-consumidores verian de un alien en la Tierra sería el comercial de Pepsi que promocionaba el filme.

Pero todo eso es el contexto formal que ahora que puede (y siempre debió de) ser olvidado deja un poco menos de presión sobre el producto final. En nuestra opinión y considerando todos lo problemas de producción y un guión escrito al tanteo, Alien 3 es prueba del genio de David Fincher al lograr tan estupenda opera prima. Ya argumentamos que en Alien se creó una historia de terror y ciencia ficción que manejaba la alegoría de la trinidad Compañía-humanidad,  Ripley-virgen, alien-naturaleza, misma que en Aliens evolucionó a Compañía-humanidad, Ripley-madre, Reina Alien-misterio de la naturaleza. Habrá sido mera coincidencia, considerando que las tres cintas fueron producidas por distintos directores y guionistas, que que con Alien 3 se cerrara el ciclo cosmológico platenado por el poeta y mitólogo Robert Graves dentro de los mitos de la Gran Diosa Blanca.

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“Aliens” de James Cameron

El fenómeno de las franquicias de filmes de fórmula no es nada nuevo, ya hay referentes con los seriales serie B  norteamericanos de los años 30 que inspiraron a George Lucas y en los 70 ya se cocinaban secuelas hasta el hartazgo de películas progenitoras cómo Halloween y Nightmare on Elm Street.  Considerando que la exitosa Alien tardo ocho años en parir una secuela quizá los productores no la engendraron pensando en una franquicia,  pero, tan pronto quién de aquel entonces fuera director de Piraña 2 y Terminator dió con una propuesta interesante no lo pensaron mucho. De interés que Aliens es, a la fecha, quizá el mejor filme de James Cameron (al diablo Avatar), una de las mejores secuelas de todos los tiempos y una tremenda anomalía en cuanto a qué a pesar de que el director, guionistas y diseñadores de la original no fueron requeridos este segundo asalto entre la Teniente Ripley y el bicho xenoformo tiene cierta continuidad temática en el transfondo mitológico.

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Breviario abril 2017

The Beast from 20,000 Fathoms (1953)  Sing Street (2016)  Star Trek IV: The Voyage Home (1986) Pushing Tin (1999)

The Beast from 20,000 Fathoms ( Eugène Lourié, 1953). Las calles de Nueva York cunden en pánico y los transeutes corren sin importarles los niños y ciegos que dejan atrás mientras que los automovilistas colapsan y se suman a la estampida humana; sin embargo, un polícia con revolver en mano camina decididamente en sentido contrario para confrontar el motivo trás el pánico, un redhosauro prehistórico qué desde el periódo cretáceo ha despertado y ahora visita la ciudad. El policía jala el gatillo seis veces y mientras trata de cargar otra vez con una expresión que trata de aparentar que no la ha cagado resulta engullido por el gigantesco animal. ¿En que diablos estaba pensando el fulano? La anterior es la mejor secuencia de tremendo filme efectista pues el policía espontáneo, que ni siquiera es un personaje secundario, tiene el mejor cuadro de reacción ante la horripilante creatura que, sea dicho, es bastante efectiva y creible cortesía del stop-motion del maestro Ray Harryhausen. En contraste, durante alguna secuencia previa el profesor Thurgood Elson sumergido en la profundidad del océano en una campana describía con tanta fascinación al bicho que aparentemente le paso de largo que esté se dirigia en línea recta a su posición. En otras secuencias, la asistente del finado doctor e interés romántico del protagonista, Lea Hunter (Paula Raymond), no parece muy interesada en tomar notas sobre tremendo descubrimiento científico y ni que decir de los elementos del ejército que balean a la creatura a pocos metros de distancia. A pesar de las reacciones inocentes frente al mounstro y lo ingenuo de la trama, el filme tiene algo de subtexto y amerita un párrafo extra.

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